Siento quebsoy la persona menos indicada para hablar de un tema que tenga que ver con la soledad puesto que algo que me caracteriza es: mi adicción a la misma.
Desde que descubrí lo que era pasar tiempo a solas, aislarme un poco de la sociedad y su línea de comportamiento «normal», me convertí en una persona cada vez más solitaria, y con toda la grandeza de mi ser y la libertad que me caracteriza puedo decir que es el estado de Consciencia en el que más he sido feliz. Si, lo mejor que me ha sucedido en esta vida resultó ser, aislarme.
Bueno, partiendo de este punto, en este momento de mi vida (Ya nació Ylva), estoy volviéndome una observadora de todo lo que sucede en el posparto, desde la sombra y el silencio, cómo si estuviera observando a alguien más, como si fuera una persona ajena a mi la que está viviendo esta experiencia; con Eivør no me tocó vivirlo del todo puesto que era la primera vez y estaba en un profundo proceso de «entrenamiento» de ser madre y entonces no me di cuenta cuando pasó todo.
Amigas y conocidas me hablaban del Posparto y su proceso; yo solamente recuerdo que lo único que me dio; conflicto mental era ver qué estaba «gordita» y que Eivør padecía de reflujo, pero en atender el reflujo de Eivør se me olvidó lo demás y así pasó el tiempo y ni siquiera noté la cuestión hormonal (probablemente tampoco era tan consciente de mi ser, aunque pensándolo bien, jamás he sido una chica «hormonal» ni en mis periodos menstruales).
En fin, ahora con Ylva empecé a analizar desde el alma, una pregunta que me hizo una amiga recientemente en donde hablábamos del «duelo de maternar», entonces yo pensaba en el posparto.
El duelo de maternar: lo podemos entender desde el punto de vista de que con cada parto la mujer que pare, renace; una parte de ella se muere y entonces renace la mujer que será a partir de ahora con esta nueva experiencia. Entonces se vive un duelo, esa parte que muere de ti jamás va a regresar y termina doliendo, ardiendo, no importa cuántos hijos tengas, lo vas a vivir con cada experiencia, con cada parto.
Lo que veo de positivo en esta muerte es ese renacimiento que sin lugar a dudas sucede; con cada muerte hay un renacer, cómo es arriba es abajo, cómo es afuera es adentro. Un paso más a la elevación hacia ese lugar a dónde quieras ir (entiéndase mi concepto de elevación cómo alcanzar la parte más alta o la más baja del árbol de la vida y de la muerte dependiendo lo que tú quieras evolucionar).
Cuando el nuevo ser encarna y finalmente sale del vientre de la madre; todo es una festividad, alegría en todos lados, pero al final del día, dentro de todo lo que es la llegada de un nuevo miembro a la familia, son muy pocos los que se detienen a ver cómo se siente la mamá en este proceso de muerte y renacimiento; ella perdió algo, no sabe qué es, pero siente su vacío en el alma dentro de esa misma felicidad que le da ver a su nuevo hijo encarnado. Entonces su mente piensa «estoy feliz pero triste», «nadie pregunta cómo me siento verdaderamente»; si el bebé llegó bien y es ‘bonito’ te aplauden, en caso contrario es tu culpa mamá ‘algo no hiciste bien ‘. Solamente tienes una labor: «parirle hijos al sistema!»… Pero y dónde está el desgarro de mis entrañas? La modificación de mi cuerpo físico? El dolor de mi suelo pélvico? Mis ganas de comerme una pizza y no poder durante algún tiempo porque hay que cuidar el Sistema Digestivo del bebé? Dónde está mi muerte y los pedazos de humanidad que voy dejando en cada coágulo de sangre en mi toalla sanitaria? Pero también está la cara B, que te dice: sigo siendo fuerte! Inquebrantable! Sostenida y sosteniendo a la familia por que papá también cae en crisis, entonces alguien debe sostener la armonía.
Y en ese vaivén de soy fuerte pero estoy cansada; sostengo mi hogar pero anhelo que me sostengan; acabo de traer vida al universo pero una parte de mi se murió y no sé si la extraño o no pq todo es extraño; no quiero ver a nadie pero quiero que alguien me abrace… En ese vaivén se va el tiempo en la habitación de la madre recién parida, donde nadie entra más que ella, dónde pasa las horas encerrada la cuarentena, dónde llora en silencio mientras quiere comerse una barra de chocolate, pero a la vez es feliz por traer a alguien que iluminará sus próximos días.
Así es como se vive la Soledad del Posparto


